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16 febrero 2018, 16:23
Silvio Rodriguez - 229 Inéditas
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En septiembre de 1969, cuando me enrolé en el motopesquero Playa Girón, llevaba dos años de terminado mi servicio militar activo. En las unidades, jugando, había descubierto mi última manía de por entonces: inventar canciones. Aquellas primeras criaturas se me habían aparecido para entretenerme las interminables noches de campamento, y para mi sorpresa luego resultó que también se las mejoraban a mis compañeros. Cuando me licenciaron, en junio de 1967, mis familiares y amigos estaban acostumbrados a que les guitarreara lo último que se me había ocurrido, aunque en la escena acumulaba solo un modesto quehacer trovador: el de mis opacas incursiones en los festivales de aficionados en el ejército. Por eso me fue pavoroso verme cantando en un estelar programa de televisión, justo al día siguiente de haber firmado el documento que me libraba del uniforme.

O sea que, cuando abordé el Playa Girón, llevaba veintisiete meses de «artista profesional», aunque más bien me veía como un huésped de aquel mundo fabuloso. Me precedía un trayecto tan gregario que al principio me sentí una especie de« Ceniciento» salvado de las sombras por un sortilegio. Pronto se me borró aquella ilusión: me daban pánico las luces y las cámaras –cosa que me sucede todavía –. Además, cuando estaba entre celebridades no sabía qué decir: mis ademanes, mis palabras, algunas de mis ideas tenían poco que ver, cuando menos en apariencia, con el ambiente que estrenaba.

Mi vida había sido la de uno de tantos: un hijo de obreros agrícolas devenidos pequeño propietario y peluquera; un niño entre tantos niños concurrentes al triunfo revolucionario; un adolescente alfabetizador junto a cien mil; un depredador común de plantones de cañas en aquellas orgías del estropicio que fueron las zafras populares; un aprendiz de miliciano, como muchos, cuando la invasión por la Bahía de Cochinos. Por último un recluta más del primer llamado al Servicio Militar Obligatorio. ¿Qué rayos hacía yo allí entre tanta gente importante?

Cuando decidí partir en el Playa Girón, sin embargo, habían sucedido cosas suficientes como para estimar que mi aventura ante cámaras y luces podía considerarse un éxito. A las pocas semanas de mi debut, la televisión cubana me proponía incluirme en su plantilla. Breve tiempo después, por iniciativa de su administrador general, se estrenaba un programa seriado que yo nerviosamente conducía y que aun así –también decían que en cierta medida por eso mismo – llegó a tener notable televidencia.

Mis invenciones cantables, base de todo, corrían por fortuna similar. La era está pariendo un corazón, interpretada prístinamente por Omara Portuondo, había recorrido el país de punta a cabo; Fusil contra fusil era una referencia al Che, Canción del elegido, un enigma en debate. La canción de la trova conseguía que los venerables maestros me convidaran a sus festivales en Santiago de Cuba. Viven muy felices y Epistolario del subdesarrollo desataban sospechas y devociones así mismo entusiastas. Pero sobre todo ya había experimentado la inefable sensación de escuchar mis canciones en los labios del pueblo.

Cuando me sumé a los hombres del Playa Girón, la hornada de trovadores a la que yo pertenecía había protagonizado cientos de guitarreos en escuelas, universidades, fábricas, hospitales, centros agrícolas y unidades militares. Los jóvenes nos identificaban entre mitos y controversias que generaba nuestra polisémica existencia: la de una generación que se autodefinía revolucionaria y por ello autocrítica; patriótica y por lo tanto rebelde, cuestionadora de nuestra sociedad –la que defendíamos aunque no siempre nos daba razones para enorgullecernos – por la que lamentábamos, ingenuamente, no haber podido arriesgar nuestras vidas como lo hicieran nuestros padres. Quién sabe en qué medida por eso mismo poníamos tanto fuego en jugarnos la historia.

Sí, cuando me elevé al Playa Girón éramos un hecho controversial pero irrebatible. Ya se comentaba que uno de nosotros había sido confinado, que otro estaba prohibido por la radio y la televisión, que Haydée Santamaría había acogido a los conflictivos en Casa de las Américas, que Santiago Álvarez había tomado partido por aquellos muchachos, que Raquel Revuelta desafiaba las prohibiciones prestándoles su Teatro Estudio, que poetas y trovadores de la misma generación cerraban filas, que Alfredo Guevara había creado la excusa del Grupo de Experimentación Sonora para propiciarles el espacio que otras instancias les negaban.

En septiembre de 1969, incluso fuera de nuestras fronteras, el núcleo inicial del después instituido Movimiento de la Nueva Trova ya era calificado por algunos como un urticante pero insoslayable suceso de la Revolución cubana.

Aquel mismísimo septiembre, el día 26, zarpé de La Habana en mi barco de 94 metros de eslora: un arrastrero por la popa, modelo Atlantic, construido por astilleros alemanes. A bordo iban unos cien hombres, pioneros de la incipiente Flota Cubana de Pesca, con un promedio de edad de algo más de veinte años. Nuestra misión consistía en navegar hacia las gélidas aguas de Terranova, rica en cardúmenes de bacalao. Esperando la orden de partida, fondeados en el centro de la bahía, nos enteramos de que se había cambiado el derrotero. Ahora nos dirigíamos a la zona de pesca que se extendía entre las islas de Cabo Verde y la legendaria ciudad de Dakar, en las costas occidentales de África.

La historia de mi llegada a aquel buque se remontaba a unos meses atrás, cuando le pedí a Alberto Rodríguez Arufe – por entonces secretario de Cultura, Deportes y Recreación de la UJC– que me ayudara a hacerme a la mar, ya que desde mis lecturas de adolescencia me corroía el «bicho» del viaje aventurero. Además, argumentaba yo, cuánta falta les hacía a aquellas tripulaciones sin relevo el apoyo de gente que les amenizaran las noches de vaivenes y nostalgias... Pero yo sabía, y posiblemente también Arufe, que no solo Simbad, Melville, Conrad, London y Poe -además de mi vocación solidaria- me inspiraban aquel deseo navegante: en los últimos dos años había trepado a una montaña rusa vivencial que me había conducido casi a la locura, y el hilo del que pendía mi existencia se tensaba peligrosamente.

La vida se encargó de demostrar que no me escabullía de la isla, como sentenció alguna que otra voz oficial, ni escapaba maltrecho y espantado, como se relamían los de enfrente. Aun entonces hubo humanos que comprendieron que yo solo necesitaba un respiro, y que prefería tomármelo como lo concebía: siendo útil.

Recuerdo los primeros contactos con los funcionarios de la Flota, en el puerto pesquero. Un gordo inmenso, cuadro juvenil, era mi introductor en aquel ambiente de oficinas, donde entre bellas secretarias trasegaban lo mismo guayaberas que atuendos de faena. Me decían que esperara afuera -yo no preguntaba por qué- mientras aquel compañero hablaba un rato a puertas cerradas con las autoridades. Luego me hacían entrar y me daban la mano, sonrientes. Yo, acostumbrado a desconfiar, imaginaba las paternales platicas acerca de mi díscola conducta y de lo formadora que podía ser aquella experiencia para mí. Yo sabía, o pensaba, que a mí no había nada que formarme, que lo deformado eran la burocracia y el oportunismo, los dirigentes que decían una cosa y hacían otra, los cuadrados, los que desconfiaban de los jóvenes, los acomodados, los enemigos de la cultura, los asentidores y medrosos que echaban a perder la Revolución que yo llevaba dentro, que yo soñaba, que yo intentaba hacer furiosamente.

Por entonces tenía un amigo en el ICAIC con quien me comunicaba a menudo. Era Francisco León, un trabajador de relaciones internacionales que había vivido en Francia y que Alfredo Guevara había reclutado para el nuevo cine cubano. León es el más directo responsable de que este libro pueda aparecer, ya que cuando supo que me iba de viaje me ofreció una grabadorita Phillips -la primera de casetes que veía en mi vida- más tres cintas vírgenes de 90 minutos. Cuando me la entregó yo no podía creerlo. Desde mis comienzos había perdido algunas docenas de canciones por no tener cómo grabarlas. Viajar con aquel artefacto maravilloso era una inesperada culminación de mis anhelos, y me propuse dejar registrado cuanto me pasara por cabeza, manos y garganta.

Ese gesto de amigo hizo posible las miles de respuestas que desde entonces han provocado, en tiempos y lugares disímiles, algunos de los cantos que se me aparecieron en cuatro meses de travesía. Digo algunos, porque solo catorce de aquellas composiciones han sido editadas: por una especie de selección natural, primero expuse las que más me gustaban, las que me parecieron más dignas de audición, y luego, con el tiempo, he ido dejando escurrir algunas otras, al ritmo en que la tierra me ha reclamado las palabras que el mar me regaló.
Década del 90
Después

No tengo valor
Kosovo

Secreto
Malapalabra

Década del 80
Cayó una estrella

Llegó la luz
Depredador

Los días que hay que amar
El hambriento quiere

Los enanos felices
El relojero y el loco

Nubes de alivio
Enero

Sin amor
Esta melodía en que te vas

Yo quisiera saber*
La historia de mi amor

Yo voy a ser cosmonauta
Década del 70
A los mártires del Granma

Iguales
Abro después de las dos…

La alondra y el pavorreal
Acta de confesión

La ciudad
América, te hablo de Ernesto

La encrucijada
Amor en son mayor

La marea
Angola es una*

La niña llora
Anónimo

La soledad, en esta madrugada
Así

La verdadera dimensión de las cosas
Balada de las ratas

Los compromisos
Blanco

Nana para dormir a un viejo
Canción contra la indecisión

Nana para un niño africano
Canción de identidad

No digo no
Canción de posguerra*

Nómbrame un beso
Canción del pueblo

Nubes
Canción del zorro

Oh, bienvenido seas, octubre
Cánteme

Oración
Canto para que llores

Paso perdido
Como si tú fueras el comunismo

Paula
Con Maiakovski en Moscú

Primero de mayo
Cualquier mañana

Puede no ser o ser
Cuentan

Qué esperas de mí
De la vida y la vivienda

Sábado
De nuevo

Se ha despertado mojada
Días del soldado*

Si yo fuera un perro sato
El canto de los dos

Sólo veo una sombra
El día en que empezó la madurez

Somos historia de colegios
Ella salió desnuda

Sube
En ciertos lugares

Tema aparentemente kafkiano
En una nube viajera

Un día nuestros fantasmas
Ese día

Veo el tiempo venir
Fin de año

Vietnam, arte poética
Fragmento

Virgen de Occidente
Hay fuego en el pasto

Y yo te di una flor
Hay un ser pequeño y suave

¿Dónde cavarás?
Hoy soy lo que siempre he sido

zip (639.64 MB)
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Vila48
4 abril 2021, 16:25
Ah, Gracias por estas canciones, te confieso que soy cubano y no conocía algunas de ellas.
Gracias y bajando. :_fel!::_fel!:

markore
17 enero 2022, 15:58
Gracias por compartir este material valioso para quienes nos gusta escuchar a Silvio.