jmm00044
22 febrero 2011, 19:53
Cuentos De Humor Negro - Saki
http://i1127.photobucket.com/albums/l625/jmm00044/CUENTOS.jpg
Héctor Hugh Munro (SAKI) nació en 1870 en el puerto de Akyab, Birmania, otro de esos reinos orientales que sus coetáneos equiparaban, con galante desdeño, a gemas incrustadas en la corona del imperio británico. Su ascendencia escocesa y el arrastre paterno, inspector general de la policía birmana, asoman en las altivas revanchas de sus cuentos y en sus anhelos de correr un destino de fuerza. A poco de nacer murió su madre; a los dos
años fue despachado a Inglaterra, bajo la férula opresiva de dos tías solteronas que -hubiera dicho él- además eran dueñas de una abuela. Allí, en el poblado de Pilton,
Devonshire, padeció una de esas niñeces victorianas. Si se atiende al testimonio de su hermana, que oscila entre la delación y la lealtad, o, más fácil todavía, a las puntadas de muchos de sus cuentos, las mujeres de casa libraron una perenne batalla por la prerrogativa de ejercer la dictadura de sus nimias voluntades. Se aplicaron a ello con una ferocidad dosificada en vetos y disciplinas, órdenes antinómicas y pacientes sonrisas que dejaran un sabor a desprecio. El resultado, de seguro ingrato, fue la creación de una
víctima avispada y certera...
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Héctor Hugh Munro (SAKI) nació en 1870 en el puerto de Akyab, Birmania, otro de esos reinos orientales que sus coetáneos equiparaban, con galante desdeño, a gemas incrustadas en la corona del imperio británico. Su ascendencia escocesa y el arrastre paterno, inspector general de la policía birmana, asoman en las altivas revanchas de sus cuentos y en sus anhelos de correr un destino de fuerza. A poco de nacer murió su madre; a los dos
años fue despachado a Inglaterra, bajo la férula opresiva de dos tías solteronas que -hubiera dicho él- además eran dueñas de una abuela. Allí, en el poblado de Pilton,
Devonshire, padeció una de esas niñeces victorianas. Si se atiende al testimonio de su hermana, que oscila entre la delación y la lealtad, o, más fácil todavía, a las puntadas de muchos de sus cuentos, las mujeres de casa libraron una perenne batalla por la prerrogativa de ejercer la dictadura de sus nimias voluntades. Se aplicaron a ello con una ferocidad dosificada en vetos y disciplinas, órdenes antinómicas y pacientes sonrisas que dejaran un sabor a desprecio. El resultado, de seguro ingrato, fue la creación de una
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