Aquella noche oscura, se presentaba tranquila. Una leve brisa acariciaba
suavemente el follaje del viejo olmo que se vislumbraba a través de su ventana.
Ya nadie paseaba por la calle. Era, más bien, hora de dormir. Pero... ¿Por qué
ella seguía despierta? El día le fue lo suficientemente duro como para haber caído
rendida nada más llegar a casa. Sin embargo, allí yacía ella, sentada frente a su
ventana, esperando que, de entre el silencio de la noche, surgieran los pasos del
que ya nunca volvería a ser su marido.




